[1] (CAP. 94) ¡Vengan, cantemos alegres al Señor, aclamemos a la Roca que nos salva!
[2] Entremos en su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos.
[3] Porque el Señor es un Dios grande, rey poderoso más que todos los dioses.
[4] En sus manos están las profundidades de la tierra, y suyas son las cumbres de las montañas;
[5] suyo es el mar, porque él lo hizo, y la tierra firme, que modeló con sus manos.
[6] Entremos, postrémonos para adorarlo, arrodillémonos ante el Señor, que nos ha hecho.
[7] Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, ovejas que él apacienta. ¡Ojalá escuchen hoy su voz!
[8] «No endurezcan su corazón como en Meribá, como el día de Masá, en el desierto,
[9] cuando me tentaron sus antepasados, y me pusieron a prueba, a pesar de haber visto mis obras».
[10] Cuarenta años estuve disgustado con aquella generación, y dije: «Son un pueblo de corazón rebelde, que no conocen mis caminos».
[11] Por eso juré indignado: «¡Jamás entrarán en mi descanso!».