[1] (CAP. 136) Junto a los ríos de Babilonia, nos sentábamos a llorar acordándonos de Sión;
[2] en los sauces de la orilla colgábamos nuestras cítaras.
[3] Los que allí nos deportaron nos pedían canciones, y nuestros opresores, alegría: «¡Canten para nosotros una canción de Sión!».
[4] ¿Cómo cantar una canción al Señor en tierra extranjera?
[5] Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me seque la mano derecha;
[6] que se me pegue la lengua al paladar, si no me acuerdo de ti, si tú no eres, Jerusalén, mi mayor alegría.
[7] Señor, no te olvides de lo que decían los edomitas el día en que cayó Jerusalén: «Arrásenla, arrásenla hasta los cimientos».
[8] Babilonia, ciudad criminal, dichoso el que te pague el mal que nos has hecho,
[9] dichoso el que agarre a tus hijos y los estrelle contra la roca.