[1] (CAP. 102) De David. Bendice al Señor, alma mía, y todo mi ser a su santo nombre.
[2] Bendice al Señor, alma mía, no te olvides de sus beneficios.
[3] El perdona todas tus culpas, y sana todas tus enfermedades.
[4] El rescata tu vida de la tumba, y te colma de amor y de ternura;
[5] sacia de bienes tu existencia, y te rejuveneces como un águila.
[6] El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos.
[7] El dio a conocer sus planes a Moisés, sus hazañas a los hijos de Israel.
[8] El Señor es clemente y compasivo, paciente y lleno de amor;
[9] no está siempre acusando ni guarda rencor eternamente;
[10] no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga de acuerdo con nuestras culpas.
[11] Como la altura del cielo sobre la tierra, así es su amor con los que lo respetan;
[12] y como está lejano el oriente del poniente, así aleja de nosotros nuestros crímenes.
[13] Como un padre siente ternura por sus hijos, así siente el Señor ternura por quienes lo respetan.
[14] El sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos polvo.
[15] Los días del hombre son como la hierba: florecen como la flor del campo,
[16] pero apenas la roza el viento, deja de existir y nadie la vuelve a ver en su sitio.
[17] En cambio el amor del Señor por quienes lo respetan dura eternamente y su salvación alcanza a hijos y nietos,
[18] a todos los que guardan su alianza y se acuerdan de cumplir sus mandamientos.
[19] El Señor estableció su trono en los cielos, ejerce su dominio sobre todas las cosas.
[20] Bendigan al Señor, ángeles suyos, poderosos guerreros, ejecutores de sus órdenes, atentos a sus palabras.
[21] Bendigan al Señor, todos sus ejércitos, servidores suyos, ejecutores de su voluntad.
[22] Bendigan al Señor, todas sus obras, en todos los lugares donde él gobierna. Bendice al Señor, alma mía.