[1] (CAP. 27) De David. A ti, Señor, te invoco; roca mía, no guardes silencio ante mí, que si no me respondes, seré como los que bajan a la tumba.
[2] Escucha mi voz suplicante cuando te grito, cuando levanto mis manos hacia tu santuario.
[3] No me arrastres con los malvados, ni con los malhechores, que hablan de paz con el prójimo, pero llevan la maldad en el corazón.
[4] Trátalos según sus obras, según la maldad de sus acciones, dales su merecido por lo que han hecho.
[5] Pues no entienden las acciones del Señor, ni la obra de sus manos: ¡Que él los destruya para siempre!
[6] ¡Bendito sea el Señor, que escucha mi voz suplicante!
[7] El Señor es mi fortaleza y mi escudo, mi corazón confía en él, y al punto me socorre. Mi corazón se llena de alegría, y con mis cantos le doy gracias.
[8] El Señor es la fortaleza de su pueblo, un refugio de salvación para su ungido.
[9] Salva a tu pueblo, bendice a tu heredad, pastoréalos y guíalos por siempre.