[1] (CAP. 140) Salmo de David. Señor, te estoy llamando, date prisa, escucha mi voz cuando te llamo.
[2] Que suba mi oración como incienso hasta ti, sean mis manos suplicantes como la ofrenda de la tarde.
[3] Coloca, Señor, en mi boca un centinela, un vigilante a la puerta de mis labios.
[4] No dejes que mi corazón se incline a la maldad, ni a cometer crímenes y delitos con los malhechores. ¡No, no participaré en sus banquetes!
[5] Que el justo me golpee y me reprenda como amigo, pero nunca aceptaré honores del malvado, ni cesará mi oración contra sus crímenes.
[6] Sus jefes serán lanzados contra las rocas y sabrán entonces que mis palabras eran suaves.
[7] Como una rueda de molino estrellada contra el suelo, sean esparcidos sus huesos al borde del abismo.
[8] A ti, Señor, se dirigen mis ojos, en ti me refugio, no me desampares.
[9] Líbrame del lazo que me han puesto, de la trampa que me han tendido los malhechores.
[10] Caigan los malvados en sus propias redes, mientras yo logro escapar.