[1] (CAP. 11) Al maestro de coro; en octava. Salmo de David.
[2] Sálvanos, Señor, que ya no queda gente de bien, se ha perdido la lealtad entre los hombres.
[3] Se engañan unos a otros, hablan con labios aduladores y doblez de corazón.
[4] Que el Señor acabe con esos labios aduladores, con esas lenguas engreídas
[5] que dicen: «Triunfaremos con nuestra lengua, nuestros labios nos defenderán. ¿Quién nos dominará?».
[6] Por la opresión de los humildes, por el grito de los pobres, ahora me levanto yo –dice el Señor–, y daré la salvación a quien la ansía.
[7] Las palabras del Señor son palabras sinceras, como plata fundida limpia de tierra, siete veces refinada.
[8] Tú, oh Señor, nos protegerás, nos librarás para siempre de esta generación;
[9] ¡Por todas partes merodean los malvados; la maldad ha llegado al colmo entre los hombres!