[1] (CAP. 31) Canto de David. Dichoso el que fue absuelto de su culpa y a quien se perdonó su pecado.
[2] Dichoso el hombre a quien el Señor no le tiene en cuenta su falta, y en cuyo espíritu no hay engaño.
[3] Mientras callaba, se consumían mis huesos gimiendo todo el día,
[4] pues día y noche tu mano pesaba sobre mí; desapareció mi fuerza como la humedad en tiempo seco.
[5] Pero reconocí ante ti mi pecado, no te oculté mi falta; pensé: «Confesaré al Señor mis culpas». Y tú perdonaste mi falta y mi pecado.
[6] Por eso te imploran todos los fieles en los momentos de angustia, y aunque se desborden las aguas caudalosas, no los alcanzarán.
[7] Tú eres mi refugio, me libras del peligro, me inundarás de alegría por la liberación.
[8] Yo te instruiré, te mostraré el camino a seguir, y me ocuparé de ti constantemente.
[9] No sean irracionales como caballos o mulos, cuyo brío hay que domar con rienda y freno para servirse de ellos.
[10] Muchas son las penas del malvado, pero al que confía en el Señor lo envuelve el amor.
[11] ¡Alégrense, justos, y regocíjense con el Señor, den gritos de felicidad los rectos de corazón!