[1] (CAP. 18) Al maestro de coro. Salmo de David.
[2] Los cielos proclaman la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos;
[3] el día al día le comunica el mensaje, la noche a la noche le transmite la noticia.
[4] No es un mensaje, no son palabras, no es una voz que se pueda escuchar;
[5] pero por toda la tierra se extiende su eco, y hasta los límites del mundo su mensaje. Allá, en lo alto, preparó una tienda para el sol,
[6] y él, como un esposo que sale de su habitación, se recrea como un atleta, recorriendo su carrera.
[7] En un extremo del cielo tiene su salida, y su órbita llega hasta el otro extremo, y no hay nada que escape a su calor.
[8] La ley del Señor es perfecta: da consuelo al hombre; el mandato del Señor es verdadero: da sabiduría al ignorante;
[9] los preceptos del Señor son rectos: dan alegría al corazón; el mandamiento del Señor es claro: da luz a los ojos.
[10] El temor del Señor es puro: permanece para siempre; los juicios del Señor son verdad: todos justos por igual;
[11] son preferibles al oro, al oro más fino; son más dulces que la miel, más que el jugo del panal.
[12] Por eso tu siervo está atento a ellos: cumplirlos trae una gran recompensa.
[13] Con todo, ¿quién conoce sus propios errores? Purifícame tú de las faltas ocultas.
[14] Protege también a tu siervo del orgullo, ¡que jamás me domine! Entonces seré irreprochable e inocente del gran pecado.
[15] Que te agraden mis palabras y mis pensamientos, oh Señor, roca mía, mi redentor.