[1] (CAP. 15) Poema. De David. Protégeme, oh Dios, que me refugio en ti.
[2] Yo digo al Señor: «Tú eres mi dueño, mi único bien; nada hay comparable a ti».
[3] A los dioses de la tierra, esos poderes en los que antes me complacía,
[4] dediquen otros sus desvelos y corran tras ellos; yo no tomaré parte en sus sacrificios, ni daré culto a esos dioses.
[5] Señor, tú eres mi alegría y mi herencia, mi destino está en tus manos.
[6] Me ha tocado un lote estupendo, ¡qué hermosa es mi herencia!
[7] Bendeciré al Señor que me aconseja, ¡hasta de noche instruye mi conciencia!
[8] Tengo siempre presente al Señor: con él a mi derecha jamás fracasaré.
[9] Por eso se me alegra el corazón, hacen fiesta mis entrañas, y todo mi ser descansa tranquilo;
[10] porque no me abandonarás en el abismo, ni dejarás a tu fiel experimentar la corrupción.
[11] Me enseñarás la senda de la vida, me llenarás de alegría en tu presencia, de felicidad eterna a tu derecha.