[1] (CAP. 143) De David. Bendito sea el Señor, mi Roca, que prepara mis manos para la batalla, mis dedos para el combate;
[2] mi aliado fiel y mi defensa, mi fortaleza y mi salvador, el que me protege y pone bajo mi dominio a los pueblos.
[3] ¿Qué es el hombre, Señor, para que te preocupes de él? ¿Qué es el ser humano para que pienses en él?
[4] El hombre es como un soplo; sus días, como sombra que no deja huella.
[5] Inclina, Señor, tus cielos y desciende, toca las montañas y echarán humo;
[6] lanza el rayo y dispérsalos, dispara tus flechas y desconciértalos.
[7] Extiende tu mano desde lo alto, sácame de las aguas turbulentas, sálvame del poder del extranjero
[8] cuya boca dice mentiras, cuya mano jura en falso.
[9] Te cantaré, oh Dios, un canto nuevo, para ti tocaré el arpa de diez cuerdas.
[10] Tú que das la victoria a los reyes, tú que salvas a tu siervo David, líbrame de la espada cruel,
[11] sálvame del poder del extranjero cuya boca dice mentiras, cuya mano jura en falso.
[12] Sean nuestros hijos como plantas, desde la edad temprana florecidas; nuestras hijas como pilares labrados, columnas de un palacio.
[13] Que estén repletos nuestros graneros, llenos de toda clase de frutos; que nuestros ganados se cuenten a millares, a decenas de millares en nuestras praderas;
[14] que vayan nuestros bueyes bien cargados, que no haya invasión ni rendición, ni duelo en nuestras plazas.
[15] ¡Dichoso el pueblo que tiene todo esto, dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor!