[1] »Baja y siéntate en el polvo, virgen, hija de Babilonia. Siéntate en el piso, ya no tienes el trono, hija de los caldeos. Ya no te llamarán tierna y delicada.
[2] Toma el molino y muele la harina. Quítate el velo, súbete la falda, deja libre las piernas y cruza los ríos.
[3] Se te verá todo, quedarás desnuda. Voy a castigarte, no perdonaré a nadie».
[4] Nuestro Salvador se llama el SEÑOR Todopoderoso, es el Santo Dios de Israel.
[5] Él dice: «Siéntate en silencio, hija de los caldeos, y vete a la oscuridad. Porque ya no se te llamará: “la reina de las naciones”.
[6] Me enojé con mi pueblo; no le di honra a mi propia posesión. Dejé que cayeran en tus manos. No tuviste compasión de ellos, incluso a los viejos los pusiste a trabajar duramente.
[7] Decías: “Viviré eternamente como una reina”. No se te ocurrió pensar en esto, ni en lo que sucedería después.
[8] »Ahora escucha, mujer amante del placer, que se sienta toda tranquila, diciéndose a sí misma: “Yo soy única, no existe otra además de mí, no enviudaré ni perderé mis hijos”.
[9] Pero ambas cosas te van a suceder de repente, el mismo día. Sufrirás la pérdida de tu esposo y de tus hijos. De nada te servirá toda tu magia ni el gran poder de tus brujerías.
[10] Te sentías muy segura en tu maldad y pensabas: “Nadie me está viendo”. Tu sabiduría y tu conocimiento te extraviaron. Tú que te decías: “Yo soy única, no existe otra además de mí”.
[11] Así que el desastre vendrá sobre ti. No tendrás ni idea de cuándo sucederá. Caerás en la ruina y no podrás evitarlo. El desastre te sorprenderá, cuando menos lo esperes.
[12] »Sigue en tus brujerías y magia, que es lo que has estado haciendo desde que eras joven. A lo mejor te resulten, quizás te fortalezcan.
[13] Estás agotada de tantos consejeros. Que se levanten los astrólogos y te salven, esos que observan las estrellas y te dan predicciones cada mes de lo que te va a pasar.
[14] Ellos no son más que paja que el fuego devorará. No pueden ni salvarse ellos mismos del poder del fuego. Y no se trata de un fuego para sentarse y calentarse ante él.
[15] Eso es todo lo que pueden hacer por ti tus socios comerciales, con los cuales has trabajado desde tu juventud. Cada uno de ellos se va por su lado, y a ti no hay quien te salve.