[1] Los del grupo de los profetas dijeron a Eliseo: –Como ves, el lugar en que vivimos contigo es demasiado pequeño para nosotros.
[2] Déjanos ir al Jordán. Allí tomaremos un madero cada uno y con ellos nos haremos una casa. Eliseo respondió: –Bien, vayan.
[3] Uno de ellos le pidió: –Dígnate venir con nosotros. Y Eliseo le respondió: –Iré.
[4] Y se fue con ellos. Cuando llegaron al Jordán, se pusieron a cortar árboles.
[5] A uno, mientras cortaba un árbol, se le cayó al río el hierro del hacha, y empezó a gritar: –¡Ay, maestro, que era prestada!
[6] El hombre de Dios preguntó: –¿Dónde ha caído? El otro le indicó el lugar. Entonces Eliseo cortó un palo, lo echó allí y el hierro salió a flote.
[7] Y le dijo: –Recógelo. El otro alargó su mano y lo recogió.
[8] El rey de Siria estaba en guerra contra Israel, y en consejo con sus ministros determinó lo siguiente: –Tendamos una emboscada en tal y tal lugar.
[9] El hombre de Dios mandó a decir al rey de Israel: –No vayas por tal lugar, porque los sirios están allí emboscados.
[10] El rey de Israel mandó gente al lugar indicado por el hombre de Dios. Fueron varias las ocasiones en que el profeta advirtió al rey y éste tomaba precau ciones.
[11] Inquietado por este hecho, el rey de Siria llamó a sus ayudantes y les dijo: –Díganme quién de los nuestros avisa al rey de Israel.
[12] Uno de ellos respondió: –Nadie, oh rey, mi señor. Es Eliseo, el profeta que hay en Israel, el que comunica a su rey lo que tú hablas en tu dormitorio.
[13] Y el rey ordenó: –Vayan y averiguen dónde se encuentra y yo lo mandaré apresar. Alguien le dijo: –Está en Dotán.
[14] Y él envió allá caballos, carros de guerra y un fuerte contingente de tropas. Llegaron de noche y cercaron la ciudad.
[15] El criado del hombre de Dios se levantó de madrugada y vio que la ciudad estaba sitiada por toda aquella tropa. Y dijo a Eliseo: –¡Ay, señor! ¿Qué hacemos?
[16] El respondió: –No temas, pues los que están con nosotros son más que ellos.
[17] Eliseo oró así: –Señor, ábrele los ojos para que vea. El Señor abrió los ojos al criado y vio la montaña llena de caballos y carros de fuego, que rodeaban a Eliseo.
[18] Cuando los sirios bajaban contra Eliseo, éste oró así al Señor: –Ciega a esta gente. Y el Señor los cegó, según la petición de Eliseo.
[19] Eliseo les dijo: –No es éste el camino ni es ésta la ciudad. Síganme y los conduciré hasta el hombre que buscan. Y los llevó a Samaría.
[20] Cuando llegaron a Samaría, dijo Eliseo: –Señor, ábreles los ojos, para que vean. El Señor se los abrió, y vieron que estaban en Samaría.
[21] El rey de Israel, al verlos, preguntó a Eliseo: –Padre, ¿los mato?
[22] El respondió: –No. ¿Acaso acostumbras a matar a los que haces prisioneros con tu espada y tu arco? Dales de comer y de beber, y que regresen a su señor.
[23] El rey les preparó un gran banquete y después de la comida los dejó en libertad. Ellos regresaron a su señor, y los sirios no volvieron a hacer incursiones en Israel.
[24] Pasado algún tiempo, Benadad, rey de Siria, reunió todo su ejército y sitió a Samaría.
[25] Debido a ello, hubo mucha hambre en Samaría, tanto que, durante el sitio de la ciudad, un burro llegó a valer ochenta monedas de plata. y treinta gramos de puerros silvestres llegaron a valer cinco monedas.
[26] Un día, el rey se paseaba por la muralla, y una mujer le gritó: –¡Socórreme, oh rey mi señor!
[27] El rey le contestó: –Si el Señor no te socorre, ¿con qué quieres que te socorra yo? ¿Con el producto de los campos de trigo o con el viñedo?
[28] Y añadió: –¿Qué quieres? Ella respondió: –Esta mujer me dijo: «Trae a tu hijo para que lo comamos hoy; el mío lo comeremos mañana».
[29] Cocimos a mi hijo y lo comimos, pero al día siguiente, cuando le dije: «Trae a tu hijo para que lo comamos», ella lo escondió.
[30] Al oír estas palabras, el rey rasgó sus vestiduras y, como pasaba sobre la muralla, la gente pudo ver el vestido de penitencia que llevaba sobre su cuerpo.
[31] Luego dijo: –Que el Señor me castigue si la cabeza de Eliseo, hijo de Safat, queda hoy sobre sus hombros.
[32] Eliseo estaba sentado en su casa, acompañado de los ancianos, cuando el rey envió un mensajero. Pero, antes de que llegara, Eliseo dijo a los ancianos: –¿Han visto cómo ese asesino ha dado orden de cortarme la cabeza? Cuando llegue el mensajero, cierren la puerta y no lo dejen entrar. Detrás de él se oyen los pasos de su señor.
[33] Todavía estaba hablando con ellos, cuando se presentó el rey y le dijo: –Esta desgracia procede del Señor. ¿Qué puedo esperar ya de él?