[1] El año cuarto del reinado de Darío, el día cuatro del mes noveno, el mes de Casleu, habló el Señor a Zacarías.
[2] Betel-Sareser, oficial del rey, y su gente enviaron una delegación para aplacar al Señor,
[3] y a preguntar a los sacerdotes del templo del Señor todopoderoso y a los profetas lo siguiente: –¿Debemos observar un día de duelo y ayuno el mes quinto, como lo venimos haciendo desde hace tantos años?
[4] Entonces recibí esta palabra del Señor:
[5] Habla a toda la gente del país y a los sacerdotes: Cuando ayunaban y se mortificaban en el quinto y séptimo mes, desde hace ya setenta años, ¿lo hacían por mí?
[6] Y cuando comían y bebían, ¿no lo hacían en provecho de ustedes mismos?
[7] Además, ahí están las palabras que el Señor pronunció por medio de los antiguos profetas, cuando Jerusalén y las ciudades de su alrededor, el Negueb y la Sefela estaban habitados.
[8] Recibió también Zacarías esta palabra del Señor:
[9] Así dice el Señor todopoderoso: Juzguen con rectitud y justicia; practiquen el amor y la misericordia unos con otros.
[10] No opriman a la viuda, al huérfano, al extranjero o al pobre, y no tramen nada malo contra el prójimo.
[11] Pero sus antepasados no me hicieron caso, fueron rebeldes, me dieron la espalda y cerraron sus oídos para no oír.
[12] Endurecieron su corazón como el diamante y no cumplieron la ley ni obedecieron las palabras que el Señor todopoderoso les dirigió por medio de su espíritu y del ministerio de los antiguos profetas. Entonces el Señor todopoderoso se indignó grandemente
[13] y declaró: Así como ellos no quisieron escucharme cuando yo los llamaba, tampoco yo los escuché cuando me invocaron;
[14] los dispersé entre naciones desconocidas para ellos y su tierra quedó destruida cuando ellos tuvieron que dejarla; nadie vivía en ella ni pasaba por allí. Así convirtieron en lugar desértico una tierra tan hermosa.