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Daniel 9

[1] Corría el año primero del reinado de Darío, hijo de Asuero, descendiente de los medos y rey del imperio de los caldeos.

[2] En ese año yo, Daniel, investigando los libros santos, reflexionaba sobre los setenta años que, según la palabra del Señor al profeta Jeremías, debía durar la ruina de Jerusalén.

[3] Me dirigí al Señor Dios, rogándole insistentemente con oraciones y súplicas, con ayunos, vestido de luto y cubierto de ceniza.

[4] Rogué al Señor mi Dios, e hice esta confesión: –Señor, Dios grande y terrible, que mantienes la alianza y eres fiel con aquellos que te aman y cumplen tus mandamientos.

[5] Nosotros hemos pecado, somos culpables de innumerables delitos; hemos sido perversos y rebeldes y nos hemos apartado de tus mandatos y preceptos.

[6] No hemos hecho caso a tus siervos los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros antepasados y a todo nuestro pueblo.

[7] Tú, Señor, eres justo; nosotros, en cambio, hombres de Judá y habitantes de Jerusalén, nos sentimos hoy avergonzados; así como todos los israelitas, tanto los que están cerca, como los que están lejos en los países a los que tú los arrojaste por haberse rebelado contra ti.

[8] Nos sentimos, Señor, avergonzados, lo mismo que nuestros reyes, príncipes y antepasados, porque hemos pecado contra ti.

[9] Pero el Señor, nuestro Dios, es misericordioso y clemente, aunque nos hayamos rebelado contra él

[10] y no hayamos escuchado su voz ni practicado las leyes que nos dio por medio de sus siervos los profetas.

[11] Todo Israel ha quebrantado tu ley y no ha querido obedecerte. Por eso, porque hemos pecado contra él, han caído sobre nosotros las maldiciones y amenazas anunciadas en la ley de Moisés, siervo de Dios.

[12] Y el Señor ha cumplido las palabras que había pronunciado contra nosotros y contra los príncipes que nos gobernaban, cuando dijo que provocaría sobre nosotros y sobre Jerusalén una desgracia como no ha existido jamás otra igual bajo el cielo.

[13] Así está escrito en la ley de Moisés, y así ha descargado sobre nosotros toda esta desgracia, pues no hemos aplacado al Señor, nuestro Dios. No nos hemos convertido de nuestros crímenes ni hemos obedecido tu verdad.

[14] Por eso el Señor ha preparado esta desgracia y la ha descargado sobre nosotros; porque el Señor, nuestro Dios, es justo en todo cuanto hace y nosotros, en cambio, no hemos escuchado su voz.

[15] Pero ahora, Señor Dios nuestro, que sacaste a tu pueblo de Egipto con poder, haciendo así tu nombre famoso para siempre, nosotros hemos pecado y hemos hecho el mal;

[16] Señor, por tu fuerza salvadora, retira tu enojo y tu furor de Jerusalén, tu ciudad, y de tu monte santo. Por nuestros pecados y los crímenes de nuestros antepasados, Jerusalén y tu pueblo se han convertido en objeto de burla para todos los que nos rodean.

[17] Pero tú, Dios nuestro, escucha ahora la oración y las súplicas de tu siervo, y mira con benevolencia tu templo destruido. ¡Hazlo, Señor, en defensa de tu honor!

[18] Inclina, Dios mío, tu oído y escucha, abre los ojos y mira nuestras ruinas y la ciudad que lleva tu nombre. Nuestras súplicas no se apoyan en nuestros méritos, sino en tu gran misericordia.

[19] ¡Señor, escucha! ¡Señor, perdona! ¡Atiende, Señor, y actúa sin tardanza! Hazlo en defensa de tu honor, pues tu ciudad y tu pueblo están consagrados a tu nombre.

[20] Aún estaba yo hablando, orando y confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, a la vez que presentaba mi súplica ante el Señor, mi Dios, en favor de su santo monte,

[21] todavía estaba yo en actitud suplicante, cuando Gabriel, el personaje que se me había aparecido en la visión, volando rápidamente se me acercó hacia la hora en que se ofrece el sacrificio de la tarde

[22] y me dijo: –Daniel, he venido ahora para hacer que entiendas estas cosas.

[23] Desde el comienzo de tu oración Dios te dirigió una palabra y yo he venido a comunicarte su significado, pues eres un hombre grato a sus ojos. Presta, pues, atención a la palabra y entiende el significado de la visión:

[24] Setenta semanas han sido fijadas para que en tu pueblo y en tu ciudad santa termine el delito, se ponga fin al pecado, sea expiada la culpa, se establezca la justicia para siempre, se cumplan las visiones y profecías y sea consagrado el lugar santísimo.

[25] Entérate, pues, y comprende lo que sigue: Desde que se dio la orden de reconstruir Jerusalén hasta la llegada de un príncipe ungido, pasarán siete semanas; después, durante sesenta y dos semanas, serán reconstruidos fosas y calles en difíciles circunstancias.

[26] Pasadas las sesenta y dos semanas, será eliminado el ungido a pesar de ser inocente. En cuanto a la ciudad y el templo, vendrá un rey con su ejército y los destruirá; todo terminará en una catástrofe y hasta el fin de la guerra no acabarán las calamidades.

[27] Todavía durante una semana establecerá un sólido pacto con muchos y a mitad de la semana pondrá fin al sacrificio y a la ofrenda, y levantará sobre el altar el ídolo detestable. Y así permanecerá hasta que la ruina decretada caiga sobre el destructor.

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