[1] Vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín.
[2] Se había casado con una mujer llamada Susana, hija de Jelcías, de gran belleza y fiel a Dios,
[3] pues sus padres eran justos y la habían educado conforme a la ley de Moisés.
[4] Joaquín era muy rico y tenía un espacioso jardín junto a su casa. Como era el más ilustre de los judíos, todos ellos se reunían allí.
[5] Aquel año habían sido designados jueces de entre el pueblo dos viejos de esos de quienes dice el Señor: «Los ancianos y los jueces que se hacen pasar por guías del pueblo han traído la maldad a Babilonia».
[6] Frecuentaban estos dos viejos la casa de Joaquín, y todos los que tenían algún pleito que resolver acudían a ellos.
[7] Al mediodía, cuando la gente se había ido, Susana salía a pasear por el jardín de su marido.
[8] Los dos viejos la veían entrar y pasear todos los días, y comenzaron a desearla con pasión.
[9] Su mente se pervirtió y se olvidaron de Dios y de sus justos juicios.
[10] Los dos la deseaban con pasión, pero no se atrevían a comunicarse su tormento,
[11] porque les daba vergüenza confesar su deseo de poseerla.
[12] Y todos los días buscaban afanosamente poder verla.
[13] Hasta que un día se dijeron el uno al otro: –Vamos a casa, es hora de comer.
[14] Al salir, se separaron. Pero en seguida regresaron y se encontraron; y al preguntarse mutuamente el motivo, se confesaron su pasión. Entonces se pusieron de acuerdo para buscar una ocasión en que pudieran sorprender a solas a Susana.
[15] Un día, mientras ellos estaban aguardando la ocasión oportuna, entró Susana, como de costumbre, acompañada solamente por dos criadas jóvenes, y quiso bañarse en el jardín, porque hacía mucho calor.
[16] No había allí nadie más que los dos viejos, que estaban escondidos observando.
[17] Susana dijo a sus criadas: –Tráiganme aceite y perfumes, y cierren las puertas del jardín, para que pueda bañarme.
[18] Ellas lo hicieron así; cerraron las puertas del jardín y salieron por la puerta de atrás para traer lo que les había encargado, sin ver a los dos viejos que estaban escondidos en el jardín.
[19] En cuanto se fueron las criadas, los dos viejos salieron del lugar donde estaban y fueron corriendo adonde estaba Susana,
[20] y le dijeron: –Mira, las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve. Nosotros te deseamos apasionadamente; consiente, pues, y deja que nos acostemos contigo.
[21] De lo contrario daremos testimonio contra ti, diciendo que un joven estaba contigo y que por eso mandaste fuera a las criadas.
[22] Susana suspiró profundamente y dijo: –No tengo escapatoria. Si consiento, me espera la muerte; si me resisto, tampoco escaparé de sus manos.
[23] Pero prefiero caer en sus manos sin hacer el mal, a pecar en presencia del Señor.
[24] Así que Susana gritó con todas sus fuerzas, pero también los dos viejos se pusieron a gritar contra Susana,
[25] y uno de ellos corrió a abrir la puerta del jardín.
[26] Al oír gritos en el jardín, la servidumbre entró corriendo por la puerta de atrás para ver lo que ocurría.
[27] Cuando oyeron lo que contaban los dos viejos, los criados se avergonzaron, porque jamás se había dicho de Susana una cosa semejante.
[28] Al día siguiente, cuando el pueblo se reunió en casa de Joaquín, vinieron también los dos viejos con el criminal propósito de condenarla a muerte.
[29] Y dijeron ante el pueblo: –Manden a buscar a Susana, hija de Jelcías, la mujer de Joaquín. Fueron a buscarla,
[30] y ella vino con sus padres, sus hijos y todos sus parientes.
[31] Susana era bellísima y encantadora.
[32] Aquellos malvados mandaron que le quitaran el velo (pues llevaba el rostro cubierto con un velo), para poder así contemplar a sus anchas su belleza.
[33] Los familiares de Susana lloraban al igual que todos cuantos la veían.
[34] Entonces los dos viejos, de pie en medio de la asamblea, pusieron sus manos sobre la cabeza de Susana.
[35] Ella, llorando, levantó los ojos al cielo, porque su corazón estaba lleno de confianza en el Señor.
[36] Los viejos dijeron: –Estábamos nosotros dos solos paseando por el jardín cuando entró ésta con dos criadas, cerró las puertas del jardín y mandó irse a las criadas.
[37] Entonces se acercó a ella un joven que estaba escondido y se acostó con ella.
[38] Nosotros, que estábamos en un rincón del jardín, al ver la infamia, corrimos hacia ellos
[39] y los sorprendimos juntos; a él no pudimos sujetarlo, porque era más fuerte que nosotros y, abriendo la puerta, se escapó;
[40] pero a ésta sí la agarramos y le preguntamos quién era el joven,
[41] pero no quiso decirlo. De todo esto somos testigos. La asamblea les creyó porque eran ancianos y jueces del pueblo, y Susana fue condenada a muerte.
[42] Pero ella gritó con todas sus fuerzas: –Oh Dios eterno, que conoces lo que está oculto y sabes todas las cosas antes que sucedan;
[43] tú sabes que éstos han dado falso testimonio contra mí; y ahora yo voy a morir sin haber hecho nada de lo que la maldad de éstos ha inventado contra mí.
[44] El Señor escuchó la súplica de Susana,
[45] y cuando la llevaban para matarla Dios despertó el santo espíritu de un jovencito llamado Daniel,
[46] el cual se puso a gritar: –¡Yo soy inocente de la sangre de esta mujer!
[47] Todo el pueblo lo miró y le preguntó: –¿Qué has querido decir con eso?
[48] El, poniéndose en medio de ellos, dijo: –¿Tan torpes son, israelitas, que sin examinar la cuestión y sin investigar a fondo la verdad, han condenado a una hija de Israel?
[49] Regresen al lugar del juicio, porque éstos han dado falso testimonio contra ella.
[50] Todo el pueblo regresó inmediatamente, y los ancianos dijeron a Daniel: –Ven, toma asiento en medio de nosotros e infórmanos, ya que Dios te ha dado la madurez de un anciano.
[51] Daniel les dijo: –Separen a uno del otro, que quiero interrogarlos.
[52] Una vez separados, llamó a uno y le dijo: –Viejo en años y en maldad: ahora vas a recibir el castigo por los pecados que cometiste en el pasado,
[53] cuando dictabas sentencias injustas condenando a los inocentes y dejando libres a los culpables, contra el mandato del Señor: «No condenarás a muerte al inocente y al que no tiene culpa».
[54] Si de verdad la has visto, dinos bajo qué árbol los viste juntos. El viejo respondió: –Bajo una acacia.
[55] Sentenció Daniel: –Tu propia mentira te va a traer la perdición, porque el ángel de Dios ha recibido ya la orden divina de partirte por la mitad.
[56] Después hizo que se fuera, mandó traer al otro y le dijo: –Raza de Canaán y no de Judá: la hermosura te ha seducido y la pasión pervertió tu corazón.
[57] Esto es lo que hacían con las hijas de Israel y ellas, por miedo, se les entregaban. Pero una hija de Judá no se ha sometido a su maldad.
[58] Dinos, pues, ¿bajo qué árbol los sorprendiste juntos? Respondió el viejo: –Bajo una encina.
[59] Daniel sentenció: –También a ti tu propia mentira te traerá la perdición, porque el ángel del Señor está ya esperando, espada en mano, para partirte por el medio. Y de esta manera acabará con ustedes.
[60] Entonces toda la asamblea comenzó a bendecir a Dios en alta voz, pues salva a los que esperan en él.
[61] Se lanzaron contra los dos viejos, a quienes por propia confesión Daniel había declarado culpables de dar falso testimonio, y les aplicaron el mismo castigo que ellos habían planeado para su prójimo.
[62] De acuerdo con la ley de Moisés fueron ejecutados, y así aquel día se salvó una vida inocente.
[63] Jelcías y su mujer dieron gracias a Dios por su hija Susana, y lo mismo hicieron su marido Joaquín y los demás parientes, porque nada indigno se había encontrado en ella.
[64] Y a partir de aquel día Daniel fue muy estimado por el pueblo.