[1] La gente del pueblo y sus mujeres protestaron airadamente contra sus compatriotas judíos.
[2] Unos decían: –Tenemos muchos hijos e hijas; que nos den trigo para comer y seguir viviendo.
[3] Otros: –La penuria es tanta que tenemos que empeñar nuestros campos, viñas y casas, a cambio de trigo.
[4] Y otros: –Hemos tenido que pedir préstamos, hipotecando nuestros campos y viñas para pagar el impuesto al rey.
[5] ¿No somos iguales que nuestros compatriotas y nuestros hijos no son como los suyos? Sin embargo, nos vemos obligados a dar como esclavos a nuestros hijos. Más aún, algunas de nuestras hijas han sido hechas esclavas y no hemos podido impedirlo, porque nuestros campos y viñas han pasado a poder de otros.
[6] Al oír todo esto, me llené de ira y, después de reflexionar,
[7] reprendí así a los jefes y a las autoridades: –¿Qué trato es éste que dan a sus hermanos? Convoqué, pues, una gran asamblea contra ellos
[8] y les dije: –Nosotros, en la medida de nuestras fuerzas, hemos rescatado a nuestros hermanos judíos vendidos a las naciones paganas. ¡Y ahora ustedes venden a sus hermanos para que nosotros tengamos que volver a rescatarlos! Ellos callaron no sabiendo qué responder.
[9] Yo continué: –No está bien lo que hacen. ¿No sería mejor que respetaran la voluntad de nuestro Dios, evitando así el desprecio de los paganos, nuestros enemigos?
[10] También yo, mis hermanos y mi gente, les hemos prestado dinero y trigo; pues bien, ¡perdonemos todos las deudas!
[11] Devuélvanles ahora mismo sus campos, viñas, olivares y casas, y perdónenles las deudas por los préstamos en dinero, trigo, vino y aceite.
[12] Ellos respondieron: –Lo devolveremos y no les exigiremos nada; haremos como tú dices. Llamé entonces a los sacerdotes e hice jurar a aquellos hombres que cumplirían lo prometido.
[13] Por mi parte me despojé del manto y lo sacudí diciendo: –Así sacuda Dios la casa y las propiedades del que no cumpla esta promesa; así sea sacudido y se vea sin nada. Toda la asamblea respondió: –¡Amén! Y alabó al Señor. Y el pueblo cumplió la promesa.
[14] Desde que fui nombrado gobernador de Judá, del año vigésimo al trigesimosegundo del reinado de Artajerjes, o sea durante doce años, ni yo ni mis familiares hemos comido de los honorarios asignados al gobernador.
[15] Los gobernadores anteriores habían exigido al pueblo, en concepto de honorarios, cuarenta monedas de plata diarias, y también sus empleados oprimían al pueblo; pero yo no obré así por respeto a Dios.
[16] Trabajé en la obra de la muralla, a pesar de no poseer campo alguno; y como yo, toda mi gente.
[17] A mi mesa se sentaban ciento cincuenta judíos, tanto gente del pueblo como autoridades, sin contar los que venían a nosotros de las naciones limítrofes,
[18] con un consumo diario, a mi cargo, de un toro, seis carneros selectos, aves y vino en abundancia, que era preciso encargar cada diez días. A pesar de ello, nunca reclamé la provisión debida al gobernador, porque bastante carga tenía ya el pueblo con los trabajos de reconstrucción.
[19] ¡Oh Dios mío, acuérdate para mi bien de todo lo que he hecho por este pueblo!