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[1] He reflexionado sobre todo esto y he concluido que los justos, los sabios y sus obras están en manos de Dios; incluso el amor y el odio escapan al conocimiento del hombre.

[2] También esto es vanidad. Pues a todos toca la misma suerte: al justo y al malvado, al puro y al impuro, al que ofrece sacrificios y al que no los ofrece, al bueno y al pecador, al que jura y al que teme jurar.

[3] Esto es lo malo de todo lo que sucede bajo el sol: que una misma suerte toca a todos. El corazón de los hombres está lleno de maldad, la locura anida en ellos de por vida, y luego ¡a morir!

[4] Mientras hay vida, hay esperanza, pues más vale perro vivo que león muerto.

[5] Los vivos saben que deben morir, pero los muertos no saben nada; no tendrán ya recompensa alguna y quedarán completamente en el olvido.

[6] Hace tiempo perecieron sus amores, sus odios y sus ambiciones, y nunca tendrán ya parte en todo lo que se hace bajo el sol.

[7] Anda, come tu pan con alegría y bebe con buen ánimo tu vino, porque Dios ha aceptado tus obras.

[8] Lleva siempre ropa limpia y que no falte el perfume en tu cabeza.

[9] Disfruta con la mujer que amas todos los días de la breve vida que te han dado bajo el sol, porque esa es tu recompensa en la vida por los trabajos que realizas bajo el sol.

[10] Todo lo que encuentres a mano, hazlo con empeño, porque no hay obra, ni razón ni ciencia ni sabiduría en el abismo a donde vas.

[11] Descubrí además bajo el sol que la carrera no la gana el más veloz, ni el más fuerte triunfa en el combate; que no logran los sabios el pan, ni los inteligentes la riqueza, ni los instruidos el éxito, pues el tiempo y el azar afectan a todos.

[12] Además, el hombre no sabe cuándo llegará su hora; como peces atrapados en la red y como pájaros aprisionados en la trampa, así son atrapados los hombres en la hora fatal, cuando les sobreviene de improviso.

[13] También he descubierto bajo el sol esta otra experiencia, muy importante a mi entender:

[14] Había una ciudad pequeña, de pocos habitantes; un rey poderoso la atacó y la cercó con grandes fortificaciones.

[15] Vivía allí un hombre pobre, pero sabio, que salvó a la ciudad con su sabiduría. Y nadie recordó a aquel hombre pobre.

[16] Y digo yo: «¡Más vale maña que fuerza!»; pero la sabiduría del pobre es despreciada y sus palabras no se escuchan.

[17] Las palabras reposadas de los sabios se aceptan mejor que los gritos del rey de los necios.

[18] Más vale la sabiduría que las armas de guerra, pero un solo error echa a perder mucho bien.

Eclesiastés — Chapters