[1] Por lo demás, hermanos míos, alégrense en el Señor.
[2] ¡Ojo con esos perros, con esos falsos predicadores, con esos que se empeñan en mutilarse!
[3] La verdadera circuncisión somos nosotros, los que damos un culto nacido del Espíritu de Dios y hemos puesto nuestro orgullo en Jesucristo, en lugar de confiar en nosotros mismos.
[4] Y eso que, en lo que a mí respecta, tendría motivos suficientes para confiar en mis títulos humanos. Nadie puede hacerlo con más razón que yo.
[5] Fui circuncidado a los ocho días de nacer, soy de la descendencia de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de pies a cabeza, fariseo en cuanto al modo de entender la ley,
[6] fanático perseguidor de la Iglesia, e irreprochable en lo que se refiere a la justicia de la ley.
[7] Pero lo que entonces consideraba una ganancia, ahora lo considero pérdida por amor a Cristo.
[8] Más aún, pienso incluso que nada vale la pena si se compara con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él he sacrificado todas las cosas, y todo lo tengo por estiércol con tal de ganar a Cristo
[9] y vivir unido a él no con una justicia mía que procede de la ley, sino con una justicia que viene de Dios y se funda en la fe en Cristo.
[10] De esta manera conoceré a Cristo y experimentaré el poder de su resurrección y compartiré sus padecimientos hasta asemejarme a él en su muerte,
[11] a ver si así logro la resurrección de entre los muertos.
[12] No pretendo decir que haya conquistado la meta o conseguido la perfección, pero me esfuerzo a ver si la conquisto, por cuanto yo mismo he sido conquistado por Cristo Jesús.
[13] Yo, hermanos, no me hago ilusiones de haber conquistado la meta; pero, eso sí, olvidando lo que he dejado atrás, me lanzo de lleno para conseguir lo que está delante
[14] y corro hacia la meta, hacia el premio al que Dios me llama desde lo alto por medio de Cristo Jesús.
[15] Esto deberíamos pensar los que nos creemos maduros en la fe. Y si piensan de modo diferente, que Dios les haga ver claro también esto.
[16] En todo caso, permanezcamos firmes en lo que hemos logrado.
[17] Imiten mi ejemplo, hermanos, y fíjense en quienes nos han tomado como norma de conducta.
[18] Pues como ya les advertí muchas veces, y ahora tengo que recordarles con lágrimas en los ojos, muchos de los que están entre ustedes son enemigos de la cruz de Cristo.
[19] Su destino es la perdición; su dios, el vientre; se enorgullecen de lo que debería avergonzarlos y sólo piensan en las cosas de la tierra.
[20] Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como salvador a Jesucristo, el Señor.
[21] El transformará nuestro frágil cuerpo en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene para someter todas las cosas.