[1] ¡Despierta, despierta, Sión, revístete de tu fuerza! Engalánate con tus vestidos de fiesta, Jerusalén, ciudad santa, pues ni paganos ni impuros volverán a entrar en ti.
[2] Sacúdete el polvo y levántate, Jerusalén cautiva; quítate las cadenas de tu cuello, Sión cautiva.
[3] Porque así dice el Señor: «Gratis fueron vendidos, sin dinero serán rescatados».
[4] Porque así dice el Señor: «Al comienzo mi pueblo emigró a Egipto, y vivió allí como extranjero, y finalmente Asiria lo oprimió.
[5] Pero ahora, ¿qué hago yo aquí? Oráculo del Señor. Gratis se han llevado a mi pueblo, sus opresores dan gritos de triunfo, oráculo del Señor, continuamente injurian mi nombre.
[6] Pero vendrá un día en que mi pueblo reconocerá mi nombre, cuando yo le diga: ¡Estoy contigo!».
[7] ¡Qué hermosos son sobre los cerros los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva y anuncia la victoria, que dice a Sión: «Ya reina tu Dios».
[8] Escucha: tus centinelas alzan la voz, y juntos gritan alegres, porque ven con sus propios ojos que el Señor regresa a Sión.
[9] Estallen en gritos de alegría, ruinas de Jerusalén, porque el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén.
[10] El Señor manifiesta su poder a la vista de todas las naciones, y toda la tierra contemplará la victoria de nuestro Dios.
[11] ¡Fuera, fuera de Babilonia! Salgan de allí; no toquen nada impuro. ¡Salgan de ella, purifíquense, los que llevan los utensilios sagrados del Señor!
[12] No saldrán huyendo a toda prisa ni su salida será una fuga, porque al frente de ustedes irá el Señor, y en la retaguardia, el Dios de Israel.
[13] Mi siervo tendrá éxito, crecerá y llegará muy alto.
[14] Lo mismo que muchos se horrorizaban al verlo, porque estaba tan desfigurado que no parecía hombre ni tenía aspecto humano,
[15] así asombrará a muchas naciones. Los reyes se quedarán sin palabras, al ver algo que nunca les habían contado y comprender algo que nunca habían oído.